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Full text of "Roger Bassagoda 1952 La Poesia Amatoria"

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ROGER D. BASSAGODA 

De la Enseñanza Secundaria 


LA POESIA AMATORIA DE 
DON lUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 


MONTEVIDEO 

Imp. LIGU - Cerrito 740 

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ROGER D. BASS AGODA 

De la Enseñanza Secundaría 


U POESIA AMATORIA DE 
DON lUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 


MONTEVIDEO 

Imp. LIGÜ - Cerrito 740 




LA POESIA AMATORIA DE DON JUAN ZORRILLA 

DE SAN MARTIN 


Dentro de la varia y extensa obra del doctor don Juan Zorrilla de 
San Martín, valiosa por sus páginas consagradas a diversos ensayos, 
sus trabajos de historia, sus piezas oratorias, sus crónicas, sus críti- 
cas, sus artículos sobre los múltiples tópicos que actúa la política y 
frecuentemente lleva a arduas polémicas, se destacan con soberana 
grándeza, asombrando a todas y como enriqueciéndolas con sus áu- 
reas fulgencias, aquellas hojas dedicadas a la poesía. Y dentro de 
sus producciones poéticas tan alta fama y merecido renombre ha 
alcanzado en la literatura universal el Tabaré y en la literatura es- 
pañola La Leyenda Patria^ que ocultan o ponen en olvido las com- 
posiciones menores del poeta, las juveniles Notas de un Himno, las 
contadas que publicó en sus años de plenitud intelectual, las no po- 
cas que desdeñó el autor y no le dolió relegarlas al olvido, deján- 
dolas sepultas en el cuerpo de viejas publicaciones, y aun otras al so- 
plo cálido de la inspiración nacidas y con dedicación de orífice la- 
bradas por la mano que nunca decidió lanzarlas a los vientos de la 
publicidad en hojas volanderas. 

La colección de las obras de don Juan Zorrilla editada como ho- 
menaje al poeta por el Banco de la República O. del Uruguay, diri- 
gida y corregida por el autor, recoge la flor de su cosecha, pero no 
alcanza a dar una idea completa de todas sus actividades literarias, 
que allí ni se mentan ni se ofrecen muestras de los escritos periodís- 
ticos que tantas horas le ocuparon en los mejores años de su vida, 
páginas donde estampó su ingenio peregrino pruebas cumplidas del 
vigor de su pensamiento, de la firmeza de sus convicciones, de lo 
acendrado de su patriotismo, de la solidez de su cultura, de la me- 
sura y prudencia de su palabra, que en la ocasión supo ser fuerte y 
enérgica, de aquel regalo de su expresión espontánea y fácil que 
siempre denuncia ser engendro de una mente poética, jugosa en su 
abundaneia rayana en riqueza, y de señoril elegancia aun cuando 
nerviosa se mueva como la mano que los trazos imprimía. Quedaron 
de lado sus artículos sobre educación y sobre temas religiosos y pa- 
trióticos, que con ellos pudieran formarse variós volúmenes; ni una 
muestra se ofrece de las páginas de crítica en que el poeta comen- 


— 3 



tó las principales manifestaciones que por aquellos sus años diversas 
artes alcanzaban; apenas una aparece de las versiones que de dis- 
tintas lenguas hizo a la nuestra; ninguna de las paginitas, breves 
poemas en prosa donde don Juan, como fatigado para someterse a 
las exigencias del verso, en forma más fácil que la rítmica pero no 
desdeñable, solió dar suelta a las ideas poéticas que hasta el fin de 
sus días bulleran en su alma; nada se recoge de los escritos y senten- 
cias de cuando honró a la magistratura; nada de su corresponden- 
cia — excepto las cartas redactadas a modo de diario de viajero que 
componen Resonancias del Camino — , no de aquellas líneas eü que 
se transvenaron sentimientos íntimos que por legítimo pudor él no 
podía comunicar al mundo, sino las de otras causas nacidas y que 
hasta aparecieron en las columnas de la prensa. 

De su hreve ohra poética, fuera de las dos producciones magis- 
trales, recogió el autor en su colección definitiva solamente once com- 
posiciones posteriores a Notas de un Himno, y no todas pero sí casi 
la totalidad de las que entraron en la primera edición de esta obra 
juvenil. 

Entre indecisiones y tanteos fluctuaba la pluma inexperta del 
principiante que en cada lucubración buscaba un nuevo dechado pa- 
ra sostén de su inspiración insegura, cuando en la Estrella de Chile, 
la revista estudiantil que con su consejo e influencia ayudaban a man- 
tener los hombres del instituto donde nuestro poeta vivía en sus años 
de estudio, un literato joven, don Enriq[ue del Solar, dió a conocer 
a sus camaradas en letras las maravillosas músicas sentimentales de 
un nuevo numen, las Rimas de Bécqner. Zorrilla, sugestionado al co- 
mienzo por la novedad y ternura del simple cantor andaluz, fué de 
inmediato un becqueriano bastante fiel al modelo, pero pronto halló 
expresiones propias en el nuevo uso literario y logró superar en es- 
piritualidad al maestro. 

El conocimiento de las Rimas coincide en ZorriUa de San Mar- 
tín con la agudización del malestar que le causaban las inquietudes 
amorosas durante una larga ausencia. Y si bien sus eróticas, im ami- 
go de su juventud, don Rafael B. Gamucio, las consideró inspiradas 
por «el amor ideal de un ángel terreno soñado o adivinado por el 
corazón del poeta», Lauxar en la parte biográfica de su estudio sobre 
la personalidad y la obra de nuestro escritor, que compuso con da- 
tos que él mismo le comunicara, dice que «a su partida había de- 
jado en Montevideo una novia, la que once años más tarde sería su 
primera esposa». Fué doña Elvira Blanco la inspiradora de la vein- 
tena de poesías amatorias que en su larga vida compuso el poeta. 

¿Qué valor tienen esos cantos? También Lauxar, con la conci- 
sión y certeza peculiares a sus juiisios, los ha calificado como «vaci- 
lantes ensayos de una inspiración más resuelta que segura», «versos 
que en vez de estar hechos con palabras, quisieran ser lágrimas y 
suspiros . . . una poesía de soledad y de silencio, misteriosa y vaga. 


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escrita para las almas tristes y las almas solas*. Puede asegurarse que 
la concepción es siempre digna; la forma peca de endeble. Nos atre- 
vemos a una afirmación general: aun en las mejores se encuentran 
lunares que las deslucen y además falta equilibrio entre fondo y for- 
ma, pero con todo ¡qué numen soberano se muestra en aquellas pá- 
ginas iniciales! 

En esto de decir composiciones amatorias o eróticas de don Juan 
Zorrilla de San Martín, ¿no hay algo como de singular, que puede 
hasta parecemos un error? Hechos estamos a considerarlo el cantor 
del terruño, en su llorar el destino de los aborígenes que lo defen- 
dieron y cayeron fatalmente «sin dar un paso hacia atrás» y al ce- 
lebrar la empresa temeraria de quienes nos dieron patria y libertad. 
Pero el autor de Tabaré y La Leyenda Patria por sus juveniles No- 
(os de un Himno, por ellas solas, tendría un destacado lugar en nues- 
tro parnaso como con toda justicia se lo otorgó don Alejandro Ma- 
gariños Cervantes en su Album de Poesías Uruguayas, compilación 
hecha con anterioridad a las ohras maestras que en primer término 
recordamos. Allí aparece ya el cantor de los charrúas y de la patria, 
allí junto a estos temas se muéstran conclusiones filosóficas, lamen- 
taciones elegiacas, interpretaciones becquerianas del paisaje, amabi- 
lidades mundanas, expansiones religiosas que en nuestra tierra otro 
cantor no han tenido de un numen como el cristianísimo del católico 
Zorrilla de San Martín. La lira del poeta poseía todas las cuerdas, y 
todas bien templadas. Y tras esta afirmación que de la lectura de 
aquellos ensayos surge clara, se levanta obscura y sigilosa como ca- 
llada duda, una pregunta hasta hoy sin respuesta: ¿por qué en tem- 
prana edad dejó el cultivo asiduo del verso? Las composiciones que 
publicó después de Tabaré, allá de tarde en tarde, demuestran que 
en su imaginativa vivida alentaba la fuerza creadora de producciones 
poéticas. Aun en su vigorosa vejez dió muestras de que su inspira- 
ción no declinaba, y en su Himno de los Exploradores Orientales de- 
jó la pmeba de su destreza en el manejo de metros cultivados por 
el modernismo, y aunque nuevos, en su pluma sonaron como los an- 
tiguos. Las amatorias nos auxiliarán para hacer un algo de luz en 
el misterio de los largos silencios de su musa que parece anduvo ex- 
traviada en una larga noche de olvido. 

Desde los 18 hasta los 22 años de su edad fué cuando el joven 
Juan Zorrilla de San Martín compuso ese rimero de poesías de amor, 
y puede conjeturarse que sólo una media docena de ellas son ante- 
riores al tiempo en que le sedujeron las Rimas. Los dos primeros 
años de ausencia, ocupada la atención por sus obligaciones de estu- 
diante, su anhelo inteligente de acrecentar los conocimientos litera- 
rios y el regusto de intervenir activamente en la redacción de La 


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Estrella de Chile, los pasó como en un sueño. Rítmicos mensajes de 
su lira Allá van, y comunican a la novia lejana las protestas de ca- 
riño del poeta, que antes de partir acaso había dicho a su enamo- 
rada cual era el espejo donde él veía reflejadas las ansias de amor. 
Sabe ella, además, porque lo ha manifestado su poeta en una silva, 
con palabras balbucientes, entre exaltaciones, sentencias de corte 
quintanesco y acoplamiento de imágenes según el gusto que culmi- 
nara en Bécquer, qué concepción tiene él de su enamorada: 

Una mujer, aroma de la vida. 

Ser ideal que cual mis sueños amo; 

Le ha significado cómo siente el amor: 

Yo busco en el amor lo que las aves 
Buscan en los rumores; 

Lo que busca la niebla en la montaña; 

Lo que buscan las auras en las flores 
Al despertar en ellas los aromas; 

Lo que el sol de mi patria, 

Al bajar soñoliento entre las lomas; 

Y, en luminosas huellas, 

Al cambiarse palabras las estrellas. 

Sabe ella cuáles angustias en el pecho de su amado despierta la 
ausencia: 

Yo he escuchado en silencio 
El roce espiritual de dos suspiros; 

Lo que dice y enseña a la conciencia 
El aliento tranquilo de la ausencia. 

Y si no alcanza a discurrir qué profundo misterio encierra la com- 
pañera ideal que le oye entonar en medio a sus luchas un himno de 
gloria, sabe cuál destino tiene que cumplir junto a ella en la vida 
terrena : 


Hoguera en donde enciendo mi entusiasmo, 

Cielo donde se pintan- mis visiones. 

Región en donde cantan mis pasiones 
El himno de la gloria. . . 

Mujer, mujer, no entiendo esa palabra, 

Pero el tiempo ha grabado en mi memoria 
Que creer soñar y amar es nuestra historia. 

Con tales ideas, con tan bravo amor y vacilante entre los autores 
que se le ofrecen por dechados, llega a la veintena de años, y entre- 
gado de lleno, por último, al influjo del bardo andaluz, enfermo hués- 


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ped de germanas nieblas, influjo que. no llega a vencer o aminorar 
su profunda confianza sostenida por la fe, aunque a veces vaguen som- 
bras por las misteriosas y claras regiones de su alma, quiere acordar 
su arpa con la del fascinador dechado, y se inicia la serie de sus bec- 
querianas, y envía a la novia, bosquejado en cuatro rasgos su 
autorretrato: 


¿Sabes qué son veinte años, alma mía. 
Que han pasado por mí? 

Veinte años es un ser con la cabeza 
Llena de planes, gloria, frenesí; 

Llena el alma de fuego, de alegría, 

Y una que otra tristeza juvenil; 

Lleno el casco de Patria, de esperanzas, 

Y todo el corazón . . . lleno de ti. 


Veinte años VI. 

Posiblemente respondía el poeta a una finura de su enamorada; 
él trazaba su propia imagen tal cual era o tal como quería que fue- 
se, para retribuir una gentileza de la niña -que le había hecho pre- 
sente de su retrato, aquel al que en medio a su soledad y sus inq[uie- 
tudes el amartelado cantor se volvía buscando una amable compaña 
en sus recuerdos y un nepente para aquietar los torvos pensamientos 
que le robaban el sosiego, y aquella estampa le inspira una estrofa 
bermudina: 

¡Qué bella estás así! ¡Siempre la misma! 

¡Siempre en tu labio, juguetona y leve. 

Esa sonrisa que a besar se atreve 
Tu boca angelical! 

Quisiera que a tu imagen adorada 
Prestaras tu animada gallardía; 

Mas que ella te prestara, vida mía. 

Eso que la hace no mudar jamás. 

Su retrato. XX. 

Eletrofa cuyos últimos versos, al referir el deseo de que la be- 
lleza amada no sufra las vejaciones del tiempo y los ultrajes de la 
vejez, parecen llevar medio ocultas ciertas sospechas de amante que 
si no dice que tema mudanzas, manifiesta anhelar en el amor que se 
le promete la fijeza que la imagen tiene. En sus cavilaciones ante 
ella, cuando distraído contempla aquella otra que lleva impresa en 
el alma, tan pronto el recuerdo lo inunda con el halago de secreta 
dulzura, tan pronto las añoranzas con agradable amargor. Busca una 


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explicación a sus estados anímicos, cree encontrarla, como buen ena- 
morado, parte en él, parte en su novia, y surge de su mente ««« de 
las poesías que más por la forma se acerca a las de su admirado 
modelo: 


A veces, siento lastimar mi pecho 
Un misterioso afán; 

A veces un placer desconocido 
Llena mi alma de dulzura y paz. 

Cuando siento el placer, me hallo pensando 
En ti mi vida, en ti; 

Cuando siento el dolor. . . no pienso en nada. 

¿Será que piensas, por acaso, en mi? 

Será verdad. XXII. 

La melancolía estaba adormecida en el fondo del álma del poe- 
ta, y si no fue suficiente a recordarla la lectura de las Rimas, la so- 
ledad, el hogar lejano, los amigos olvidadizos, la amada a veces algo 
distraída en medio a su constante espera, iban levantando nubes 
de tristeza en aquella clara mañana de la vida, y al dolor de la or- 
fandad pronto se aunó el dolor de la ausencia, y engañosos cúmulos 
asombraron el cielo de sus cantos. En octavas de arte mayor simi- 
lares a las de tantos arrendajos de Bermúdez de Castro, al contem- 
plar los restos de las flores que antes de partir recibiera, surgen re- 
cuerdos que humedecen las lágrimas. 

V 

Tomo tus flores secas; pienso y lloro 
Al reclinar en ellas mi cabeza, 

¿Por qué siento una almohada de pureza. 

De frescura, de aroina, de ilusión? 

Es que el recuerdo y el tranquilo llanto. 

Vestales que custodian los amores. 

Dan vida y dan perfumes a las flores 
Que la nieve del tiempo marchitó. 

Vestales. XV 

La nostalgia lentamente contrista su alma y de las nostalgias 
amantes pasa a escépticas conclusiones sobre la verdad de la vida: 

Déjame recordar: y, en ese limbo 
En que agitan sus alas los amores, 

Y suspiran insólitos rumores. 

Que el alma sabe traducir no más, 


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Las palmás donde duermen los recuerdos 
Abaniquen mi frente soporosa. 

Que al beso de su brisa mentirosa 
En un sueño de amor se dormirá. 

¡Qué dulce realidad la del recuerdo. 

Yaga ilusión que a otra ilusión imita! 

No entiendo al corazón cuando palpita^ 
Mecido por su aliento celestial. 

¡Y me habla tanto en su lenguaje mudo! 
¿Cuándo lo entenderé? . . . Cuando la vida. 
En mundo de recuerdos convertida. 

De mentiras engendre una verdad. 


Imposible. XXIII. 


Pero este Imposible antes se tituló Voz del alma (^). ¿Celos, rece- 
los, duda? No, es una lucha con alguien que quiere arrancar aquel 
vigoroso amor lozano; lo dijo el poeta al publicar su segunda ama- 
toria, que es un romance, relato a modo de fábula que con buen 
juicio no incluyó más tarde en su libro inicial. Se titula El trocito 
de maderot j nos refiere que lo ve llegar flotando a reposar en la 
arena mientras un cardumen procura sumergirlo, sepultarlo entre 
rocas, y el poeta compara y dice; 


Yo quiero cantar amores. 
Cantar trovitas amenas. 
Recordar la niña mía, 

Y creer que eUa me recuerda. 
La niña que amé muy niño. 
Con la que mi mente sueña. 
La causa de mis delicias. 


La que me da tantas penas. 
Mi menté busca ilusiones 
Y vive tan sólo de ellas. 
Como el trocito en su busca 
Entre recuerdos navega. 

¿Por qué a las piedras llevarla 
Si ella busca sólo arenas? 


El trocito de madera. 


. Pero si en algunas horas por el desaliento se deja Uevar a tris- 
tes. reflexiones, cuando se recrea en los recuerdos amantes se aviva 
y sonríe en sus estrofas un lánguido optimismo; pasa fácilmente de 
un estado a otro. El le había dicho a su niña constante que en los 
ojos le leía el rastro que en el alma le dejaban los amantes pensa- 
mientos; le causan una extraña sugestión los ojos de ella, que apa- 
rece en cantantes versos de feliz inspiración: 

(^) Con oBte título apareció en Im Estrella de Chile, 


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Si me asomo a tus ojos brillantes, 
Tan verdes, tan verdes. 

En el campo una estrella caída 
Mirar me parece.' 

¡Ah! si son habitados los astros, 

Y en ellos se duerme, 

¡Quién pudiera habitar esa estrella 
Por siempre, por siempre! 


Tus ojos. XXI. 

Y al recordarlos en su retiro de estudiante asoma a su mente el 
espectáculo de una aurora plena de luz, alegría, optimismo: 

La noche estaba oscura, muy oscura . . . 

Me dijeron después que era la vida. 

Un río vi ante mí, y, en la otra margen. 

Algo como el fulgor de dos pupilas; 

Y sentí de lejanos labradores 
La confusa y alegre algarabía, 

Y los cantos que, al ir a sus faenas, 

Cantan, al hombro las pesadas picas. 

Los cantos revelaban una aurora. 

La aurora de la dicha. 

¿Las pupilas aquellas eran tuyas? 

¡Entonces esa aurora era la mía! 

Cantos y pupilas. XVI. 

Seguro está de aquel cariño porque recuerda no sólo su 
mirada, no sólo aquellos misterios del alma que se espejan en el 
fondo de las pupilas, sino también porque ha visto la más honda 
expresión de ternura en las lágrimas que solieron inundarlos. Son 
del amor lánguidas recreaciones las que suelen dar una dicha lle- 
na de lágrimas, y al verlas el poeta tembló gozoso, y tuvieron sus ri- 
mas aquellas que en el abreviado cielo de los ojos queridos cabri- 
llearon como temblorosos diamantes: 

El cielo transparente de tus ojos 
El Uanto detenido encapotaba... 

¡Qué amables se estremecen las estrellas 
Sobre el cristal de un lago reflejadas! 

Ya no me engañarás, porque ya be visto. 

Temblando recatado en tus pestañas. 


10 — 



£1 precioso caudal de tu ternura, 

Condensado. al brotar, en una lágrima. 

¡Y no sentías! XXIV. 

Pero aquel amanecer pronto pasa; en vez de un día radiante 
sigue la calma de una mañana cubierta, y en medio a la naturale* 
za serena, bajo el cielo gris azulado, en voz baja el cantor dice sus 
secretas inquietudes. El que luego ha de ser en los poetas de fines 
de siglo del romanticismo tema gastado, bueno para la pluma de va- 
cuos versificadores, el tú y yo. Zorrilla lo toma, se aparta de las imá- 
genes corrientes, se sirve de comparaciones que reflejan el ser de 
ambos enamorados, con novedad lo trata para llevarlo a lo más su- 
til o vago, a algo invisible, a algo tan profundamente ligado a la vi- 
da que su mismo hálito percibimos en el fondo de las compara- 
ciones. 


Perfume de una flor que, al desprenderse. 
Ni una hoja de sus pétalos lastima; 

Tibio efluvio de luna de verano 
Que en el disco plateado se destila; 

Calor de una mirada de ternura 
Que atraviesa inocente unas pupilas; 

Roce de tma alma que, buscando otra alma, 
En sí misma sin ruido se desliza: 

Eso es tu aliento 
Cuando suspiras. 

Lágrima que, oscilando sobre el alma. 

Se evapora al calor del dolor mío; 

Rumor de oleaje que, en desierta oriUa, 
Rueda mugiendo entre escarpados riscos; 

Ave que huye, y, al volar Uorando, 

Quiebra la rama en que dejó a sus hijos; 
Nota que, al desprenderse de una cuerda, 
Deja al pobre laúd, temblando, herido: 

Eso, tan triste, 

Son mis suspiros. 


Tú y yo. III. 

Con el manido recurso de los símiles concibe esta rima, pieza 
recogida en antologías, una de las más divulgadas del autor. 

Así también, como con un estremecimiento de dicha velado por 
cierta emoción que pone un tono dolorido en las palabras, vibra la 
más extensa y una de las atrayentes de cuantas eróticas Zorrilla de 


— 11 — 



San Martín compuso. En el mundo ideal de su amor se concentra y 
palpita toda la poesía; el sentimiento expláyase poderoso, y vive, 
piensa, canta, por gracia de tal pasión. La ternura del poeta no sólo 
pone un estremecimiento de lágrimas en la voz, también envuelve 
la visión de su mundo en un albor opalino; la pureza de aquel sen* 
tir baña a la bien amada en una luminosidad tan cándida como su 
inocencia, e inspirado el cantor baja á lo más recóndito de su pro- 
pia alma, donde anida su fe religiosa, para allí encontrar un térmi- 
no con que nombrarla, de los que ya por otros fueron de tales re- 
conditeces desprendidos y aplicados a la casuística amatoria, pero que 
en sus labios de profundo creyente la clara luz conserva de sn prís- 
tino origen y en amplias vibraciones se remonta hasta penetrar las 
lindes de lo inefable. Ella es para él toda la poesía; su ternura la 
nombra ángel mío; 

Sentado yo a tus pies, con la cabeza 
Inmóvil apoyada en tus rodOlas, 

Y bebiendo de tu alma la inocencia. 

Asomada en la luz de una sonrisa; 

Sentir un cielo de ternura inmensa 
Brotar, iluminando tus pupilas, 

Y, al vibrar tus suspiros en mi alma. 

Sentirla de placer desfallecida; 

Respirar tu pureza en tu mirada. 

Hasta a mi mismo amor tener envidia, 

Angel mío, en mis sueños dé poeta. 

Así yo concebí la poesía. 

# 

« « 


El roce de dos almas al unirse 
En el silencio del amor dormidas 
Dejar, abandonado a sus encantos. 
Resbalar melodías por mi lira; 

Oír a esas dos almas que se nombran 
En íntimo lenguaje de armonías, 

Y al fin reconocer el alma tuya 
Palpitando en la mía refundida; 

Oyendo dos latidos de ternura. 
Bebiendo toda su cadencia rítmica. . . 
Angel mío, en mis sueños de poeta. 
Así yo sé cantar la poesía. 


— 12 — 



» * 

Fundir en un suspiro de los tuyos. 
Llena de amor, una existencia mía, 

Y hacerla resbalar sobre ilusiones 
Al empuje ideal de tus caricias; 

Velar tu sueño en las calladas horas, 

Y, a los amores que en tu frente giran. 
Decirles que te digan al oído 
Muy quedito dulcísimas mentiras; 

Eso te ofrece un alma de poeta 
Que, llamándote siempre desvalida. 

Te nombra en los suspiros de las auras 
Por beber, en tu amor, la poesía. 


Focos. XI. 

¿Cómo el poeta percibió en el alma de la amada claridades an- 
gélicas? En una composición donde se muestra en ciernes la que 
ba de ser su modalidad definitiva, la de Tabaré, nos refiere de qué 
manera el misterioso mundo del espíritu asomaba al semblante, a la 
mirada (siempre los ojos) de su novia. La contempló callado,. en si- 
lencio penetró en aquel breve asilo niisterioso, y allí le sorprendió 
lo que encuentra todo hombre que por las sendas del amor llega 
hasta el alma de una mujer, alma que ha de ser suya porque los 
ba hermanado con secretas afinidades un designio supremo que su 
unión estrechara con misterioso lazo como en el ensueño platónico: 

Como un germen de luz entre un abismo 
A intervalos brillaba en sus pupilas; 

Y jugaba un suspiro entre sus labios, 

O un íntimo dolor, o una sonrisa. 

Miraba cara a cara algún misterio; 

Las leyendas del cielo acaso oía; 

Y, vagando tras seres intangibles. 

Era notas y luz su sombra misma. 

Me acerqué. Como avaro su tesoro. 

Cual sus hojas la oscura sensitiva. 

Guardó su inspiración dentro del alma 

Y el ángel fué mujer, ser de esta vida. 


— 13 — 



¿Queréis sublime a la mujer amada? 

Alejad este mundo de su vista; 

No busquéis la mujer, buscad el ángel. 

Que las almas no ven pero adivinan. 

Buscad el ángel. . . X. 

Hay un momento, deslumbrante por su inspiración, en que se 
eleva y siente confundidas su alma pasión por la niña con aquella 
luz del ánimo que es el amor divino, y dentro de la forma becque- 
riana, pero con una originalidad y altura que nimca alcanzó el mo> 
délo (tan adherido a sus desventuras humanas), concibe una breve 
y hermosa rima, de las más hermosas de aquella musa que tan fá- 
cilmente las alumbraba de tal condición favorecidas; 

Reza, niña, al Señor; la madrugada, 

Reza perfumes e inocentes trinos; 

Y al dormirse la tarde; entre la niebla 

Reza gemidos. 

Reza, niña, al Señor; yo también rezo. 

Ambos somos cristianos desde niños; 

¡ Cuánto gozo al pensar que en Dios se encuentran 
Mi fe y tu fe, tu corazón y el mío. 

Reza. XXVni. 

Pero también aquel amor que nunca aparece vestido con los 
tintes violentos de la pasión, pues la dulzura y serenidad de ánimo 
del enamorado y no la contención sino la falta de todo arrebato o 
violencia nos lo muestran como un sentimiento al que acaso porque 
faltó intensidad pasajera fué profundo y se prolongó tanto como 
durar pueden los bienes humanos, tuvo sus transitorias caídas. Hu- 
bo una hora en que el poeta creyó sentir que aquella lumbre que 
había dejado encendida, falta de su aliento que la animara, triste- 
mente languidecía, y no encontrando, presa de la ansiedad, pala- 
bras que tradujesen su sentir, imploró cariño por caridad: 

¿Te acuerdas? Te encontré por el camino; 

Niño Uoré de amor, ¡ya te quería! 

Y ahora, sin ti, con sólo mi destino, 

¡Quién me diera Uorar como ese día! 

Yo te adoré; mis sueños comprendiste; 

Tú... eras mujer... No exijo tu cariño. 

Mas, ¡ten piedad de la inocencia triste! 

¡No despedaces mi ilusión de niño! 

¿Te acuerdas? XXXVI. 


— 14 



Pero ¿eran sUs inquietudes de angustiado por anhelos insatis- 
fechos que trasoñaban olvidos e ingratitudes? Posiblemente, y allá 
voló otra rima a restañar la herida abierta por el recelo: 

Yo no pensaba que tú sufrías. 

Que en tu adorado pecho inocente 
Van a esconderse las penas mías; 

Si es que sufrías. 

No sufras más. 


Yo que, en mis penas, sollozo tanto. 
Lágrimas tuyas ambicionaba; 

Ya sé que lloras, cese tu Uanto; 

No quiero tanto. . . 

No llores más. 

Yo que te digo: por mí no llores; 

Yo que no puedo verte sufriendo. 
Quiero que siempre, siempre me adores; 
Pero no llores . . . 

No llores más. 


No llores más. XXX. 

Nada sabemos de los resquemores que causaron en el alma de 
Zorrilla el dolor que lo movió a escribir esa poesía, pero hay un 
detalle que nos lleva a suponer que hubo incidencias que profun- 
das huellas dejaron en el alma del joven enamorado, tan profun- 
das que cuando el autor, ya anciano, reunió sus obras completas, fué 
el amargo saber de aquel disgusto que aun palpitar en él sentía, la cau- 
sa que lo movió a sacrificar tan tierna y agraciada composición que 
suprimió del cuerpo de sus obras. Toda su existencia está en aquel 
amor; al serenarse su espíritu recobra alientos, y la duda, el terri- 
ble tema romántico traído a la poesía castellana por los hombres 
del siglo XVIII, tratado por varios y puesto de moda, al sublimarlo 
con su verbo sonoro Núñez de Arce, momentáneamente también atrae 
a nuestro poeta; pero no la duda filosófica y fría del autor de Gritos 
del Combate, sino una surgida del vano presentimiento de la extin- 
ción de un afecto tan hondo que al amagar con desaparecer preten- 
día sofocar también aquella pura llama de la fe recibida como sacra 
reliquia al cobrar la luz de la razón, esa duda que es engendro de 
exceso de amor, que se aconseja de la soledad, el silencio y la no- 
che, y cree ver sólo sombras porque nada claro perciben los ojos 
que nubla el llanto; esa duda pasa su mano sombría por la frente 
del poeta para llenarlo de desesperación, pero la fe, que es toda 


— 15 



amor, le acorre salvadora, y brota el canto lleno de vacilaciones y 
de añoranzas donde las palabras son, como Bécquer quería, notas, 
suspiros y lágrimas: 

¡Dios mío, qué sería de nii alma. 

En mi triste destierro. 

Si no pensara en ti, dulce ángel mío. 

Si no fueran mi amor y mis recuerdos! 

Si tu alma se acercara al alma mía. 

Si tocaras mi pecho. . . 

Oh, déjame al calor de mis memorias; 

No lo toques aún, le tendrás miedo. 

Olvidó las lecciones que aprendía 
A la luz de tus ojos, otro tiempo; 

Ya no sabe latir, no sabe nada; 

No lo conocerás: casi es de hielo. 

Hielo en el corazón, y si no fuera 
Por el Dios en quien creo. 

Temblaría al pensar que tanto frío 
Helara en mí la fe de mis abuelos. 


¡Hasta la vuelta! me dijiste un día. 

¿Conoces de una vuelta los misterios? 

¿Sabes lo qué es un alma sin otra alma? 

¿Sabes lo qué es la luz sin su reflejo? 

Pero tú acorres mis insomnios tristes; 

Siento tu pensamiento 

Que bate el ala perfumada y tibia 

Del desamor sobre el abismo negro. 

Siento que las cenizas de mi alma 
Palpitan a su aliento, 

Y aun espero en un cielo de ternura. 

Aun en la fe de las memorias creo. 

Piensa en mí, por piedad, amiga mía. 

Que, en mi triste destierro. 

Sólo laten los hielos de mi alma 
Al calor de mi amor y tus recuerdos. 

Piensa en mí. XXIX. 


— 16 



El lengua jé del poeta trasparenta el proceso emocional del es* 
critor. Su sencillez j claridad, vestidas de nobleza, van desarrollan- 
do el tema armónicamente hasta la mitad de la poesía, pero allí de 
súbito sé trastornan serenidad y equilibrio, la evocación de un su- 
ceso, la despedida, despierta dudas que estallan en atropelladas in- 
terrogaciones, y aunque quiere tranquilizarse, el desasosiego íntimo 
asoma en apretados simbolismos de expresión que rompen con las 
formas convenientes a la poética de aquel tiempo, sobrepasan la ma- 
nera de comparar acreditada por Bécquer, y la expresión ceñida, 
desordenada, manifiesta la intensa inquietud. Para el autor es el 
pensamiento un ser alado — ángel, deidad, ave, insecto—, pero en 
sus versos no consta la mención de tal ser, y al adjetivo tibio, apro- 
piado a la pluma, antecede el de perjumado, que a tal sujeto no con- 
viene en la realidad, y solamente lograremos adecuarlo mediante un 
esfuerzo imaginativo, estableciendo un símil entre plumas y flores 
o suponiendo que se trata de acercar tal pensamiento a un ser divi- 
no que por su excelso origen de su cuerpo trasciende aromas. Un 
proceso mental del mismo juez, por la referencia a cosas no nom- 
bradas aimque sugeridas se encuentra en la estrofa donde manifies- 
ta sentir palpitar las cenizas del alma y en la inmediata donde el 
amor y los recuerdos le hacen palpitar los hielos del alma. La an- 
gustia rompe la lógica y sus estallidos producen un anticipo de lo 
que será el simbolismo. 

Los negros vientos pasaron; las lumbres del alma no se extin- 
guieron, sacudidas por los soplos que amenazaban con apagarlas, com- 
batidas que parecían próximas a ser sofocadas por las sombras, y de 
nuevo se esfuerzan, aunque rendidas y maltrechas, y vuelven a le- 
vantarse con pena, como temerosas de erguir sus fúlgidos airones, 
que no quieren renovar las luchas pasadas. Ya no hay dudas; otro 
es el sufrir. Un sufrimiento romántico, ansia y pasión de todos los 
torturados por la imaginativa en medio a sus ofuscamientos de ena- 
morados, adelgaza las fuerzas del poeta que languidece en brazos 
de la fatiga, del desaliento, y la música de un templo, que llega 
hasta su retiro en la paz tardecina, vuelve a su memoria la imagen 
de aquellos ojos amantes que a la continua embelesan su mente; cae 
en un dulce arrobo evocativo del que sólo quisiera salir al amparo 
de sus miradas para desfallecer en el regazo de la muerte: 

Era tarde. De un salmo lejano. 

Aspiraba el compás religioso; 

E impregnado de su alma inocente. 

Lo espiraban más pmro sus ojos. 

Las estrellas reían en ellos 
Cual de un lago tranquilo en el fondo; 


17 — 



Y pasaban las nubes tan leves 
Gomo dulce visión de un insomnio. 

¡Quién pudiera infiltrarse en silencio. 
En un salmo de amor cadencioso; 
Absorber el perfume de su alma, 

Y morir palpitando en sus ojos! 


Era tarde. XL. 

Y desmazalado, agonizante, con ansias inefables, falto de paz, 
porque no puede ver la dicha que le aguarda en su rincón nativo, 
desde el fondo de sus noches sin sueño, pensando en su Elvira y ha* 
blándole como a aquella Elvira de su poema hablara Lamartine 
(parecería que en ello asomase una triste predestinación), diciéndo* 
le que es dichosa la beldad que ama el poeta, le pide un refugio en 
su pecho, y le ofrece la vida de sus cantos, pues no espera la alegría 
de una bendición que los una sino la calma del sepulcro y la per* 
duración de sus amores en el mundo del recuerdo; 

Heureuse la beauté que le poete adore! 

Lamartine. 


Dame asilo de un día solamente 
Dentro tu corazón. 

Para esperar la muerte, que se acerca, 

Y viene de mí en pos. 

Cansados de llorar están mis ojos; 

Solo en el mundo estoy; 

Te dejaré la herencia de mis lágrimas... 
Vivirán más que yo! 

En ellas lego al mundo mi fortuna. 

Mi adorado dolor; 

Ellas darán altares a mi sombra, 

Y a mi recuerdo amor. 

Aunque el polvo me cubre del camino 

Y lastimado estoy. 

Del naufragio implacable de mi dicha 
Mi lira se salvó. 

En el hogar tranquilo de tu alma 
Dame paz y calor; 

Yo cantaré tu nombre... Eternamente 
Viviremos los dos. 


— 18 — 



Abreme, estoy cansado. Ya la muerte 
Se acerca de mí en pos; 
Daine asilo de un día solamente 
Dentro tu corazón. 


Ultimo . insomnio. L. 

Con este treno se cierra la serie de composiciones amatorias que 
a la novia lejana dirigiera Zorrilla de San Martín. Lo ahogaban aque- 
llos empinados montes que circuyen la ciudad de Santiago. Lo ex- 
presó en Pensando en la patria, poesía que un lustro mantuvo iné- 
dita (no la recogió en sus obras), y está fechada el 24 de diciembre 
de 1877, en las horas de la triste nochebuena de un olvidado de cuan- 
tos ama; 


¡Cuántas montañas! Ni un recuerdo amigo. 
Ni un latido de dicha ni de amor. 

Entre esas rocas han hallado abrigo; 

Sólo guardan mis horas de dolor. 

Si lágrimas robaron a mis ojos. 

Fueron sangre de mi alma lastimada. 

Lluvia de hiel que haña los despojos 
De mi esperanza en su niñez ahogada. 

El eco de mi dicha que se aleja. 

Vaga del monte en la desierta falda. 

Como un débil gemido eij que se queja 
Una virgen que llora a nuestra espalda. (^) 

Se pierden en sus brumas los reflejos 
De la ilusión del alma acariciada. 

Como absorben las olas a lo lejos 
Para siempre una playa idolatrada. 

¿Cómo he de amar sus rocas siempre frías, 
Siempre embozadas en eterno hielo, 

Si en ellas mueren las memorias mías. 

Si hasta un trozo me roban de mi cielo? 

Dadme mi río, mi imponente río. 

Como sus hijos nohle en su arrogancia. 
Llano, extensión, inmensidad, ¡Dios mío! 
Armónica leyenda de mi infancia. 

(^) En este verso está en ciernes toda una escena de Tabaré. 


19 



Dadme pampas, inmensos horizontes. 
Donde tender las alas de mi 'ardor;' 
Me ahogan estos valles, estos montes 
Sólo guardan mis horas de dolor. 


Dadme Pampas, 

Aquel medio lo sofoca, delira al pensar en los campbs nativos 
y canta anhelante de sus arroyos y Dañadas. 

Lo oprimían las añoranzas, los recelos. Pero retoma a la pa* 
tria, aquel tierno cariño no había declinado, aquella niña fuá su es- 
posa, y para eDa acompañó con su arpa romántica un nuevo canto 
de amor. Se titula Me siento a descansar, está fechado a los dos días 
de celebrar sus nupcias los enamorados, y hemos tenido la ventu- 
ra de encontrarlo en una vieja publicación. Nota extraña por su te- 
ma, no digamos en la poesía uraguaya, dentro de la lírica españo- 
la, en eDa el cantor entona un himno celebrando con tierno y emo- 
cionado acento las dichas que le depara su novia de ayer, su com- 
pañera desde hace unas horas, mientras paladea en el propio hogar 
las mieles de aquel cariño, el mismo de antes — claridad del alma 
y no ardor de la carne — , tan regalado y puro como antes, fortaleci- 
do porque las promesas se han trocado en realidad, y el dulce man- 
jar que fué sustento de ilusiones, convertido en sustento espiritual 
presta energías para las cotidianas hregas: 

En la cumbre más alta de la dicha. 

Me siento a descansar de mi jornada. 

Como, en la arena sobre el rojo escudo. 

Se sienta el gladiador tras la hataDa. 

Me has hecho tan feliz: tanto. Dios mío; 

Me has dado tanto amor tras tantas lágrimas. 

Que, en el blando vahido de la dicha. 

Siento latir desvanecida el alma. 

Tu encarnaste el suspiro de algún ángel 
Que en la tierra mis horas perfumara; 

¡No en balde amaba tanto a las estreDas 
Ausente de mi hogar y de mi patria! 

Hoy pones en mis brazos la inocencia. 

Perla del mar de mi ilusión soñada, 

. Y eDa pone la lira entre mis manos, 

Y me dice al oído : Amigo^ canta . . . 



Yo el hermoso poema de mi vida 
Escucho refundido en sus palabras; 
¡Aquel salmo de amores imposibles 
Que en mis lentos insomnios vislumbraba! 

Su dulce voz resuena en mis oídos 
Gomo el beso de luz de una alborada, 
Como el roce de amores que se estrechan. 
Como el batir de misteriosas alas. 

Y despierta el enjambre adormecido 
De las notas del himno de mi alma. 

Como un rayo de luna sobre el lago 
Despierta los diamantes de las aguas. 

Y me siento poeta de la dicha. 

Yo, que siempre canté destierro y lágrimas; 

Y el aire es más azul, más hondo el cielo. 
Más diáfana la luz, más tibia el aura. 

Las estrellas que ríen en las nubes 
Agitan más sus encendidas alas; 

Y el ritmo de celestes barcarolas 
En su blando regazo traen las auras. 

Yo creo más en Dios, cuando a mi lado 
Su tierno ruego a nuestro Dios levanta, 

Y siento que, al unirse con la suya. 

Se eleva más mi férvida plegaria. 


Gracias, Señor; en ella, en su inocencia. 

Yo templaré mi convicción cristiana, 

Y mi canto alzará rudo y valiente, 

. Al pelear en el mundo tus batallas. 

Ella, en mis horas de amargura y duelo. 

Restañará la sangre de mi alma; 

Yo... ceñiré su frente con mis glorias... 

Si alguna flor encuentro entre las zarzas. 

Me siento a descansar, A mi esposa. 

Dichoso sueño de poeta joven y enamorado; perecedesro como 
todo lo humano. Las angustias del destierro en hogar emprestado, las 
lágrimas de melancolía y soledad, alcanzaban condigno galardón al 


— 21 — 



sentir el cantor en sus brazos a la deidad que inspirara su canto y 
ahora fortaleciera su fe, y sólo veía un mundo hermoso, como for* 
jado con ilusiones, y abierto a su paso un camino donde no falta- 
ban espinas pero que conducía a la gloria. 

Doliente engaño de estos ojos mortales; entre las rosas de aque- 
lla aurora se cernían crespones; la derrota no era escombrada, pa- 
recía empinarse hacia una cumbre excelsa, y cercano se abría un 
profundo tajo, y allí velaba el dolor, y allí aguardaba la muerte que 
inesperadamente robó tanta dicha. 

La dulce Elvira, la que enfervorizó el alma del poeta, ya fuese 
amiga, novia, esposa, le inspiró sus últimos cantos de amor, y, res- 
coldos de aquella pasión, la sombra de un ser tan amado, tuvo la 
virtud de encenderle la fantasía y moverle a componer sus postre- 
ras amatorias, quejas sin indignación y sin protesta, lamentos que 
tuvieron el privilegio de trocarse en armonías. 

Si Bécquer al contemplar a su amor vió que cielo y tierra le 
eran propicios, y en su exaltación exclamaba hoy creo en Dios^ Zo- 
rrilla al sentir la dicha presentida vuelta realidad vió que las estre- 
llas reían en las nubes, oyó celestes barcarolas en el éter, y tan fácil 
y pura le surgió del pecho la oración a unísono del orar de la inspi- 
radora de 'sus íntimas melodías, que transportado dijo: creo más en 
Dios. Cuando la muerte le hurta aquella felicidad vuelca en sollo- 
zos que son rimas los ayes del alma; entonces se han puesto las au- 
roras frías y calladas, las noches mudas y negras, y al abrazar amo- 
roso a sus hijos enlutados siente que estrujaba la noche sobre el pe- 
cho, la noché eran mis hijos y era yo. Eran todo el amor a ella y el 
amor de ella. Son los últimos y fuertes destellos de aquella pasión 
que iluminan las umbrías del dolor, donde junto a una sombra él 
ambula perdido; pero esa sombra todavía es ella, es la musa que 
lo inspira, que enciende su numen, que aun le pone la lira en las 
manos y sigue llenándole la vida al comienzo de la postrera ausencia. 

Escribió el poeta im rimero de becquerianas que tituló Libro 
de luto. 

En el año 1892, cuando Zorrilla de San Martin, a la sazón Mi- 
nistro del Uruguay en España, residía en Madrid, anunció la apa- 
rición de un volumen de poesías líricas. La Revista Uruguaya, que 
dirigió don Benjamín Fernández y Medina, en su primer número 
anunciaba: «Zorrilla de San Martín prepara un volumen de poe- 
sías que encierre las composiciones sueltas escritas después del año 
1877, en que aparecieron Notas de un Himno. Este nuevo libro con- 
tendrá La Leyenda Patria, El sueño de Artigas, Maris Stella (inédi- 
ta), Canto al Uruguay, (inédita). Noche en las ruinas. Libro de lu- 
to, y algunas otras composiciones de diversas fechas*. Suponemos y 
creemos no equivocamos, que las cuatro composiciones que el poeta 
incluyó en sus Obras Completas como Hojas de un libro trunco fue- 


22 — 



ron integrantes del Libro de Luto, de las cuales nada más que cua- 
tro incluyó en sus Obras Completas. Tres de ellas pertenecen a la sil- 
va de poesías que inspirara aquella mujer, y debemos unirlas a las 
amatorias y son las últimas por él escritas. En una nos pinta el 
mundo que ven sus ojos a través de su indecible pena: 

Está vacío el puesto que ocupaba 
A mi lado en la mesa; 

Y el que ocupaba al lado de mis hijos, 

Al hacer su oración cuando se acuestan. 

Mis auroras son frías y calladas; 

Mis noches mudas, negras . . . 

¡Válgame Dios! ¡Qué largo es el camino! 

¡Señor! ¡Qué despoblada está la tierra! 


Despoblación. 

En otra nos refiere cómo entre las sombras del sueño percibe 
junto a sí a la fiel compañera, y al recordarse en la realidad de la 
vigilia la siente que se le aleja, que abandona su compañía, que par- 
te como algo exhalado de su pecho; huye del sitio que llenaba con 
su presencia y del que en esencia ocupa todavía en su corazón: 

Despierto a media noche. . . Escucho. . . Mito 

¿Quién estaba aquí cerca? Me parece 
Que algo como un suspiro. 

Allá en la oscuridad se desvanece. 

¡ Oh ! no, no me he engañado . . . 

¿Quién estaba. Señor, sobre mi pecho? 

De aquí mismo ha volado, 

¡De la mitad vacía de mi lecho! 

¡Nadie! 

La otra, la postrimera, a nuestro entender, la más celebrada de 
las eomposiciones breves de Zorrilla, fué el último acorde de este 
poema de amor. Al desprevenido sobre la circunstancia que lo inspi- 
ró no le parecerá . ligado al grupo de versos amatorios; el testimonio 
del autor — ^la puso entre las Hojas de un libro trunco — nos dice 
de su desolación inmensa en aquella hora «cuando salen del bosque 
los pájaros tristes, y del alma las melancolías de alas grandes, co- 
mo sombras». 

Ya perdió a su amada, ya no está la musa; nunca más escribirá 
rimas de amor, ya ni escribirá más versos. En la dedicatoria de Ta- 
baré, fechada el 19 de agosto de 1886, en el octavo aniversario de 


23 — 



sus bodas, le decía tiernamente a su Elvira: «a tí, la inspiradora de 
aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar 
a la distancia, como una serenata que acaba de pasar a mi lado, y 
cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melanco- 
lía. Viejo, ya, aunque sin canas y quizás sin muchos años, siento lle- 
gar basta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aque- 
llos mis cantos de adolescente, y las primeras risas de nuestros hijos. 
Hay algo de todo eso en la inspiración que ha dado vida más o me- 
nos efímera a este poema; hay por consiguiente mucho que es tuyo; 
tu espíritu y el ‘mío palpitan identificados en él.» 

Palpitan en toda su obra poética. Ella le enfervorizaba de en- 
tusiasta dedicación a la literatura en sus años de iniciación; ella lo 
asistió cariñosa, para que la pluma no cayera de la mano fatigada, 
cuando compuso El sueño de Artigas f La Leyenda Patria, el poema 
Tabaré, el ensayo dramático del mismo título, y su olvidada Ofelia; 
no es posible imaginar que bajo otro influjo que el de aquella ver- 
dadera musa del poeta, surgieran los versos de Maris Stella, el poe- 
ma anunciado en 1892, antes y después cien veces retocado, cien ve- 
ces abandonado con desalientp y aun hoy inédito (^). Como al comen- 
zar nuestro trabajo dijimos. Zorrilla conservó fresco hasta su ancia- 
nidad el don de la poesía, que lo atestiguan rasgos de sus obras en 
prosa y una media docena de composiciones, cuatro sonetos, tres 
letras para canto, la elegía a La muerte de Zorrilla. 

Aunque en la vida halló un nuevo amor, noble compañera que 
supo compartir las dichas que como una bendición sobre su bogar 
cayeron, y también las pruebas de dolor qpie no faltaron, aunque 
ese nuevo amor le inspiró páginas llenas de cariño, como se encuen- 
tran en Resonancias del camino, a ella dirigidas, y en un rimero de 
cartas que como un latido de ternuras al repasarlas un momento las 
hemos sentido palpitar en nuestras manos, aunque el poema de sus 
dichas continuó junto a una mujer que para él escribía sus ocul- 
tas rimas, le faltó aquel amor de la adolescencia que infundía en 
su alma el misterioso impulso necesario para remontar él vuelo, 
quien lo llevara a la atmósfera propicia, donde lo embargaba la di- 
vina embriaguez de que nos hablara Platón, que le encendiera el 
numen, misterioso fuego del alma, con un ósculo que sólo aquel 
ánima que con tan breve paso fué peregrina en la tierra, tenía la 
misión de darle. Su angustia está llena de paz; sentimos que la 
calma de la oración ha caído como un manto de plomo y ha apla- 
cádo los tumultos del mundo; todo está tranquilo; hay luz en su 
conciencia; pero se baila falto de su más hondo amor para deam- 

(^) Asi era cuando escribí este trabajo, en el año 1948; despnés fné im- 
preso en nna edición de reducida tirada, de ejemplares numerados y fuera de 
comercio, que ilustran unas páginas preliminares llenas de curiosos datos, ele- 
gantemente redactadas por don Raúl Montero Bnstamante. 


24 — 



bular por los mundos de la poesía. En vez de ella junto a él se 
encuentra una fría y silenciosa compañera. ¿Quién es? 

La soledad se sienta al lado mío 
De noche, a mediodía, en la alborada. 

Yo la miro, y me mira ... y le pregunto : 

¿De dónde vienes? Habla. 

De un desierto, me dice, de un desierto 
Tendido en sus arenas abrasadas; 

De im bosque cuyos pájaros murieron 
En una noche demasiado larga. 

De las ruinas de un templo abandonado. 

Entre las cuales los recuerdos andan 
Como alondras heridas y sin nido. 

Que buscan sitio en que morir calladas. 

De una llanura que crucé de prisa. 

En la noche, después de una batalla; 

Vengo hasta aquí desde muy lejos... Vengo 
Del fondo de tu alma. 

La Soledad. 

Allá en la casa donde cordialmente supo dispensarme la honra 
de afectuosas acogidas el eximio cantor de nuestras glorias, creo que 
vi en la penumbra del salón, en un ángulo obscuro, con todas las 
cuerdas tensas y vibrantes, dorada y romántica, un arpa que estuvo 
medio siglo esperando que una conocida mano nerviosa arrancara 
de ella las soñadas melodías; por cincuenta años al contemplarla el 
poeta, una lágrima tembló en sus ojos, por cincuenta años allí estu> 
vo silenciosa y cubierta de polvo. 

Es este trabajo, una parte del que tengo hecho sohre la inicia* 
ción literaria de don Juan Zorrilla de San Martín; fuerzas no me 
falten y el sosiego necesario, que recibirá en el estudio de sus obras 
la memoria de su excelso autor, uno de los mejores poetas en nues- 
tra lengua, el férvido homenaje que puedan tributarle mi admira- 
ción y mi constancia. Por hoy, no encontrando otra más alta ma- 
nera de expresarla, me permitiré hacerlo — ^y no se tome a osadía, 
después -de recordar tantos de sus versos hermosos — terminando con 
uii soneto que es como la impronta en que mi espíritu ha dejado de 
relieve el hondo recuerdo que guarda de aquel hombre elegido de 
la . Providencia para galardón de esta patria, y para despertar nues- 
tro asombro haciéndonos comprender hasta donde puede llegar a 
ser grandeza sublime nuestra pequeñez humana. 


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DON JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 


Era noble y valiente, noble y bueno 
Bueno y celoso de su estirpe hidalga. 
Tabaré, libro II, canto II, parte I. 

No eran humos de rey, de rey tenía 
Excelsitud en su cordial y llana 
Manera varonil, tan castellana. 

Tan propia de su alcurnia y su hidalguía. 

Dios, Patria, Hogar, en áurea medianía 
Los hitos fueron de su fe cristiana. 

Su modestia, jamás presunta y vana. 

Supo ignorar cual gloria merecía. 

HueUas dejó su paso hacia la meta. 

Hondas cual las arrugas de su frente. 

Profundos signos en que dicen tanto. 

De armonías un mundo, era poeta; 

Una aureola de luz, era sápiente; 

Un halo de perfumes, si era santo. 


ROGER D. BASSAGODA